Gravedad
En
el borde del vaso se resaltaba la pequeña gota, una gota producto de la
condensación, lentamente las demás pequeñas gotas se acercaban, se unían, se
fusionaban, hasta que adquirían el suficiente peso para romper con la fuerza
que las mantenía estáticas al vaso. La gravedad puso de su parte y la atrajo sutilmente
al centro del planeta; en el trayecto devoraba otras gotitas, y crecía, doblada
para la derecha, luego en línea recta, perpendicular al horizonte, doblaba para
la izquierda, y seguía devorando pequeñas gotas condensadas en la parte externa
del vaso; el vidrio se convirtió en una forma cilíndrica de éter, el agua las
estrellas, estrellas fugaces, lluvia de estrellas, era todo explosión y
diversión cuando una mano amiga, temblorosa en el trayecto, tomó el vaso, los
cinco dedos más gran parte de la palma, y lo llevó a la boca entristecida de
Armando, cabizbajo. Todo el cuerpo recostado hacia su lado derecho, con
expresión de embolia o post derrame; los labios un tanto separados, mostrando
parte de los incisivos superiores, una mirada perdida en la mesa, contando los
residuos de boquitas: uno, dos, se
perdía… de nuevo: uno, dos, tres, cuatro… a repetir, bajo un ambiente de
boleros. Los trece hombres que se encontraban adentro cantaban, gritaban,
gemían o balbuceaban, en pro o en contra de las damas, de sus amores, de esas
putas cuando el deseo era otro, menos Leopoldo que lograba ocultar lo amanerado
y que se encontraba solitario en la mesa de la esquina, entre la rocola y el póster
de las chicas cerveceras en poca ropa. Cada una de sus lágrimas caían al vaso
de tequila, entre los limones carcomidos y la sal derramada. Llevaba ahí todo
el día luego de enterarse que Justiniano se iba a casar con la Ydania. Había
quedado embarazada la condenada después del jaripeo del pueblo. El padre de la
muchacha lo había amenazado de que, si no contraían nupcias en el nombre del
Señor, pues entonces, lo iba a mandar con el Señor muy pronto. Leopoldo no veía
el vaso, se veía junto a Justiniano esas tardes en la finca, acariciándose,
materializando esa atracción, lentamente, botón a botón con los sombreros a un
lado, como la curiosidad y el agrado impulsaban el siguiente movimiento;
recordó como aquella vez en pleno acto sexual, escucharon a don Juanito con su
perro entrando al granero, como se escondió con su ropa donde la comida de las
gallinas, y como don Juan encontró a Justiniano empelotado, exclamando:
- ¡Puta! Lo siento, patojo,
lo dejo con la hembrita.
Ellos
dos se mataron de la risa, y se perdieron en sus ojos mutuamente. Leopoldo
creyó desde ese momento que toda la vida podía llegar a ser así: feliz; recordó
las interminables discusiones por contarles a sus padres, recordó las palabras
de Justiniano:
- Mira, hijueputa,
sí, yo te amo, pisado, sos mi vida, pero si mi papá se entera tené en cuenta
que te quiebra a vos y me revienta a mí por huecos.
Por
último, recordó su primer beso, en la finca de don Amarildo, a los catorce
años. El miedo era grande antes del acto, pero aumentó mucho más luego de ello,
porque les había gustado. Cuando en su mente se formó la imagen de ellos dos
uniendo sus labios, se quebró, cerró los ojos, rechinó los dientes, llenó su
vaso y a toda prisa lo bebió. Siguió con los ojos cerrados, porque con los ojos
cerrados es la única forma de ver al ser amado. Cuando sintió el calor durante
el descenso del licor en su garganta, emergió una lágrima de su ojo derecho,
que viajó sobre su mejía, llegó hasta la barbilla y se desprendió en caída
libre hasta morir en su hebilla. Esa era la escena de ese bar, de esa cantina,
todos los hombres, en su mayoría, llorando o cantando por un desamor. Las
prostitutas se presentaban con el ofrecimiento de ahogar las penas; todos
sabían por experiencia que jamás encontrarían los labios deseados en otros
labios, pero que era mejor tener labios calentando el rabo que labios
imaginarios proyectados en sus manos. Armando seguía con la mirada perdida,
pero por alguna causa que no buscó comprender, observó a Leopoldo llorando,
como los varones, y pensó:
- A ese pisado
lo debió haber dejado un buen culo
para que este chillando de esa forma.
Armando
no quería eso, no quería seguir recolectando lágrimas, sino besos, y solo
aquellos de Lupita; tomó un último trago, bien cargado – Adiós - le dijo a la
cerveza como quien le habla a alguien en el oído. Colocó sus dos manos en la
mesa en una forma especial, como un orangután anciano, se levantó forzosamente,
tambaleándose, corrió la manga y vio su reloj. Eran las once y treintaicuatro.
- Aún tengo tiempo - dijo balbuceando, como: -Aúl tlengo
tliemplo.
Y
emprendió camino. Bajó las gradas de la entrada de la cantina, primero su mano
en el barandal, luego la otra mano en el barandal que una no le iba a dar. De
lado bajó las gradas, pie izquierdo, derecho, dobló el cuello, vio el cielo y
de nuevo izquierdo, derecho, mano en el barandal. Una vez abajo siguió recto, y
entre la cuarta avenida y quinta calle dobló a la izquierda, e iba, de lado,
como danzando de una forma tan ridícula que de existir un dios de la lluvia con
mayor razón seguiría la sequía. Sentía que le faltaba fuerza, que se iba el
coraje; paró a la tienda y compró otra botella de cerveza. E iba, con cerveza
en mano, cantando Cucurrucucú Paloma
a lo Pedro Infante.
Seguía
el camino, encorvado, tambaleándose, cerveza en mano y tarareando, vio las
estrellas, eran inmensas, vio la luna y se enamoró más. Bajó lentamente la
mirada de la luna a las ramas, dobló un poco la cabeza hacia la derecha. Fue
entonces cuando observó su terraza, la de Lupita. Hizo pausa, y se quedó
observando, y se quedó, y seguía observando, ojos inclinados, y gritó:
- ¡Lupita! - Y una vez más, pero más alto. - ¡Lupita...!
Ni mierda, me voy a tener que acercar.
Cuando
se acercó pensaba en trepar las ramas, subir a su terraza y tocar su ventanal.
Creyó que solo eso era necesario y la tendría en la palma de su mano; se acercó
más y más, y comenzó:
- ¡Mi vida! - Pie derecho, y tomó un
trago.
- ¡Mi cielo! - Pie izquierdo y se
tambaleaba.
- ¡Mi amor! - Pie derecho y se fue para
un lado.
Su
cuerpo giró unos ciento treinta grados con el pie arriba. La inercia lo llevó a
levantar el brazo y el impulso hizo que soltara la botella. Una vez recostado
en el aire, observó nuevamente las estrellas, una por una lo contemplaban, las
vio todas y ninguna. Durante el descenso vio la luna y se enamoró aún más,
miles de astros entreteniéndose, viendo la muerte de un pobre diablo, miles de
ojos sádicos, como si a un ser superior no le bastara un ojo para ver el
fallecimiento, la caducidad, la necesidad de miles de ángulos al serle
placentero; en ese momento terminó con un - “Te amo”- gritado. En un último
instante su atlas impactó con el borde de la acera, fracturándose, muriendo
instantáneamente; la botella luego hizo impacto con el suelo.
El impacto despertó a Lupita, quien asustada
se levantó de la cama, se cubrió con su bata blanca y salió a la terraza.
Contempló el cuerpo inerte de Armando, y pensó frunciendo en seño que no es la
primera vez que se quedaba tirado en su puerta.
2,014
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