Marta
A Gustavo, Marcelo, Aníbal y Pedro
Amigos de Baal
No
era una mentira que me gustara Marta, típica niña vecina hija de fervientes
católicos carismáticos; su ropa una talla más grande con tal de no incitar al
pecado, al morbo, pero ¿cómo no incitar al morbo una joven tan bella que
degustaba de los helados de bola con tal ferocidad, con tal lujuria ingenua? Al
menos de esa forma la miraba yo; sus faldas coloridas hasta las rodillas, sus
tan femeninas chinitas: a veces
negras, otras azules… en total le conté unos quince pares de chinitas. Le encantaban, como a mí me
encantaba verla en la heladería, en la tienda, en la panadería, siempre a punto
de expresar tan dichosa palabra de saludo, ese tan difícil - “¡Hola!”-. Marta,
si supieras que fue por ti que empecé a ir al grupo de jóvenes católicos de
nuestra parroquia dedicada a la guadalupana, que fue por ti que me aguantaba el
sueño ante la prédica de esos pubertos llenos de acné, sudorosos y con brackets, tantas veces peores que yo con
sus problemas existencialistas y su falta de objetividad ante los “milagros del
Señor”. Detestaba eso, Marta, pero lo aguantaba por vos, por tus ojos, por tus
manos que tan pocas veces pude acariciar, por tus labios que nunca pude besar,
por esa risa ingenua ante mis estupideces y esa ingenuidad ante mis reflexiones
filosóficas. Eso eras tú, Marta, pura ingenuidad, y por un momento lo
categoricé como los meses más bellos de mi vida, sin saber que la belleza es
subjetiva, sin reconocer que la gravedad te atrae, y que cuando te elevas
demasiado, por leyes de la materia, caerás, que cuando estés a punto de tocar
el suelo la velocidad será mayor por la aceleración que experimentas durante
todo el trayecto y yo no lo sabía, Marta, estoy seguro de que tú tampoco, lo
mío fue conocimiento empírico y tú no lo experimentaste.
Se
acercaba la Semana Santa, tú te habías mudado dos semanas antes del Miércoles
de Ceniza, por lo que durante la Cuaresma solo nos vimos cinco veces, esas
veces que llegabas al grupo de jóvenes ante tu incapacidad para desprenderte
del pasado, de tu infancia, de tus amigas, de tus amigos (malditos), de la
imagen de un metro y medio de la Virgen de Guadalupe cerca de la oficina del
sacristán, la cual me contaste que hablaba contigo, por eso tanto fervor a la Virgen,
Marta. Esa falta de capacidad para considerar eso como los primeros signos de
algún tipo de psicosis, y esa convicción tuya de ser un milagro del Señor. Pero
aquí estaba, ante esa ilusión de creer posible que si yo, un potencial
escéptico miedoso del Señor, hace el mejor altar de Jesús Resucitado de todo
San José, Villa Nueva, tú te ibas a fijar en mí finalmente. Recuerdo el momento
en que me comprometí con tan cristiana tarea, estabas al otro lado del salón,
Marta, platicando de no sé qué pendejadas con tus amigas, a lo mejor de las
botas que te habían comprado tus papás unos días antes, por lo que rompiste con
todo pronóstico de usar chinitas ese
maldito día. Ya estaba perdido observándote, como quien se maravilla con el
sol, la luna y las estrellas, así te observaba yo a vos, Marta, comprenderte,
tu ciclo, tus fases. ¿Cómo eres al cuarto menguante? ¿Cómo enamorarte a la luna
nueva? ¿Qué astros giran alrededor tuyo? ¿En qué parte de tus manos se forma la
constelación de Sagitario? Te estudiaba, te contemplaba, y mi estupidez me hizo
pensar que ya te amaba. Ante tal pérdida de la realidad, y totalmente sumergido
en “el mundo Marta”, el imbécil de Estuardo, con tal de saciar sus necesidades
tan primitivas y toscas de chingar,
me involucró… ¡No! Más bien me zampó, en la interrogante de José (delgado,
alto, pálido, colocho, acné y brackets,
y una mentalidad de pendejo) de voluntarios para realizar el altar de Jesús
Resucitado, a cargo del grupo de jóvenes. Estuardo exclamó:
- ¡Mateo quiere! - Con toda la materialización sonora de
la estupidez y la falta de estímulo intelectual que caracteriza a los alumnos
de los colegios privados de barrio (qué son la mayoría).
Por
lo que ante mi falta de corriente sobre el tema exclamé un:
- Simón, está bueno - Coloquial y vulgar como los mismos
alumnos de colegios privados de barrio.
Fue
cuando tú me miraste, Marta, por primera vez me resaltaba del resto, por
primera vez tú y yo cruzamos miradas, pero no esas miradas vagas sin ese toque
de ingenuidad, donde no pasamos de la retina; tú y yo nos miramos, no nos
sonreímos porque no hacía falta, los imbéciles a mi alrededor y las idiotas al
tuyo se desplomaron, se desvanecieron como estatuas de arena negra en un fondo
negro, y ese momento fue tuyo y mío, y nadie nos lo puede quitar. Aún hoy lo
recuerdo, me gusta pensar que tú también, como ese instante en el que tú y yo
pudimos ser algo más. Hasta luego tuve la noción de la mierda en la que me
había zampado, pero qué importaba si, Marta, me habías mirado, por Dios, por
Alá, Gilgamesh y Zeus que cuando alguien está enamorado es un completo idiota.
Durante
los siguientes días estuve trabajando en ese altar. Los dos viernes que me
observaste trabajando me obsequiaste una sonrisa, esas sonrisas tan inhibidoras
de estrés, furia y desesperación, pero tan embriagantes en sueño, ilusión,
fantasía, unicornios rosados con cuernos de caramelo bañándose en arcoíris de Nerds, patos con motor en el fundío y lentes de sol, y perros jugando
a las canicas a la verdad junto con gatos que juegan a los tazos a la mentira.
Había terminado el altar, Marta, ese altar de uno punto siete por dos por
cuatro metros, con vegetación artificial en toda la orilla; angelitos
extasiados en las esquinas, con su traje blanco y caucásicos como la tradición
occidental manda; un Jesús rubio y barbudo, gigante y pesado, traje blanco y
sandalias café; un efecto de luces para que resaltara lo atractivo de Jesús, y
sus aberturas en las manos. Ese era Jesús, ese era el altar, todas las doñas
del barrio que a partir de los trece años me tachaban de vago, ese día solo les
faltó bañarme y que se tomaran el agua - ¡Oh! Qué bello te quedó, Mateito,
usted como que sí ama al Señor-. - ¡Oh! Mateito, Jesús ha de estar sonriendo en
el cielo-. – Mateito, yo siempre supe que iba a encontrar el camino del Señor,
que mejor muestra que este altar dedicado al Rey de Reyes-. Todos esos
comentarios me importaban un carajo, mi vista buscaba a cualquier lado rasgos
tuyos, Marta ¿Dónde estás? ¿Dónde estarás? ¿Dónde estuviste? Presente, futuro,
pasado, pasado, presente, futuro, futuro, pasado, presente, el pasado ha terminado,
el presente me exige encontrarte, el futuro somos ella y yo, pensaba, pero no
te encontraba, Marta. El altar partió con la procesión, luego me contaron que
el cura me buscaba para felicitarme y darme la bendición. Qué me importaba. Fui
a un árbol cerca de mi casa y me senté entre sus ramas. El lento humo del
tabaco me tranquilizaba, y fue cuando observé a un pájaro cantor entre las
hojas. Por un momento creí que recitaba Since
I’ve been loving you de Led Zeppelin, hasta que escuché el bullismo, cantos, pisadas. Bajé del
árbol para contemplar la magnitud de mi obra… fue cuando te vi, agarrada de la
mano de otro, riéndose de la nada, entre las viejas coristas de alabanzas y el
vendedor de algodones. Jamás entenderé por qué volteaste, pero lo hiciste, por
última vez nos vimos; tú con tu enamorado siguiendo al Señor, yo con un cigarro
en la mano, cabizbajo, bajo la copa del árbol; pero nos vimos, y no nos
quedamos en la pupila. Desde ese entonces pretendo olvidarte, Marta. Han pasado
ya un par de veranos, pero como todo buen Jesús, resucita una vez al año.
2,014
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