Flores

 

A lo lejos siento ese aroma, es exquisito. Esa vecina y su jardín. No sé de flores, pero son hermosas, entre sus rasgos verdes propios del tallo, de las hojas, logran explotar en lo último de sus extremidades, y pareciera que al explotar la expansión se detiene, reflexiona, analiza el contexto, y se deja amar, apreciar. Son explosiones amarillas, rojas, anaranjadas, púrpuras, rosadas, y sus fusiones, amalgama de colores y yo las veo. De esa explosión les queda la forma de la flora, y el aroma escapa, entre las moléculas de la brisa se sientan y recorren el mundo. No creo que las flores sean estáticas; viajan más que uno, y se esconden en las superficies menos pensadas: debajo de la mesa, entre los sillones, sobre el televisor, más allá de los barriletes y, el día de hoy, en mi membrana mucosa dentro de mis cavidades nasales, deleitándome. Es un olor esplendido, y ellas solo danzan, cabecean al compás de la misma brisa. Pero se hace tarde, y debería apurarme.

Me ha llamado Gabriel, llevo tiempo sin saber de él. Parecía inquieto con esa tonalidad suya el día de ayer. “Mario, qué tal. ¿Nos podríamos ver mañana a desayunar? Es que… yo sé que llevamos tiempo sin hablar, pero… entiendo si no querés, pero si querés y podés, llamame a este número, por favor. En serio, desearía hablar con vos. Espero tú llamada”. Me sorprendió su forma de invitarme a comer, no suele mostrar tanta iniciativa, pero puede que el tiempo sea el que lo volvió de esa forma. En tres meses suceden muchas cosas. Pero si hace tres meses él estaba muy bien. Finalmente lograba pintar con mayor fluidez, el entrar a su estudio era una experiencia excitante, con esa amplitud en el espacio para desenvolverse como quisiera, parecía un pez que había alcanzado la majestuosidad del mar, con límites tan lejos que parecían no existir, que saltaba, observaba el nacer del sol sobre el firmamento y seguía, porque sabía que el recorrido es largo, pero que entre un punto y el otro existen infinidad de curvas con sus respectivas rectas para llegar. Finalmente iba a presentar en la galería de un amigo en Antigua, no porque el amigo no le hubiera dado la oportunidad, Gabriel siempre fue muy bueno en lo suyo, pero el perfeccionismo que lo caracteriza no le permitía terminar ese anhelo suyo por veinte cuadros, armoniosamente proporcionados uno con el otro. Buscaba que la relación del primero con el segundo fuera tan natural y auténtica como la que existiera entre el sexto y el décimo noveno, él era un enamorado de la filosofía holística. Además, Gabriel había encontrado a alguien, a Gabriela, y era gracioso, Gabriel y Gabriela tenían muchas cosas en común más que lo tocayo con variación de género. Amaban a The Killers. Recuerdo una reunión que hizo Gabriel en su estudio, amenizado por su computadora, seleccionando todos los álbumes que tenía guardado, dándole en reproducir y aleatorio. Empezó a sonar a lo lejos When You Were Young. Yo, en lo particular, no lo había notado, estaba perdido hablándole a una rubia exquisita sobre José Asunción Silva, le recitaba Idilio o Nocturno, o primero Idilio y luego Nocturno, sí, creo que fue así, estaba en la parte de “Oh, dulce niña pálida…” y Gabriel pidió subir el volumen. En medio de las manifestaciones de Brandon Flowers en el estudio, Gabriel y Gabriela se encontraron, tomaron sus manos y danzaron de una manera tan íntima, fragmentando el contexto. Por un momento me olvidé de la canchita y me encontré frente a esas dos almas que danzaban. Y volvía a creer en un mañana, en el porvenir de los hombres, en el amor de las mujeres, en la vida después de la muerte, cuando la muerte es mental y cosmovisionaria y la vida es la que nace después de conocer a ese otro cielo, a esa otra mano, a ese otro susurro que te despierta, que te envuelve, y no quieres abrir los ojos ante la posibilidad de ser un sueño, pero lo haces, te arriesgas, inhalas valor y ahí estás, después de la muerte, viviendo.

-      ¿Y cómo sigue el poema?

-      ¿Cómo?

-      ¿Que cómo sigue el poema? No creo que solo sea “Oh, dulce niña pálida…”.

-      No… pero creo que tengo el libro en mi carro, ¿me acompañás? –Con esa lascivia loca de la que habla Silva.

Eran días maravillosos, Gabriel se encontraba casi la totalidad del día trabajando en sus obras, recuerdo llegar a visitarlo, y encontrarlo en la mayoría de las ocasiones acompañado de Gabriela; existía ese ambiente tibio donde se acaba de consumar el amor. A Gabriela le encantaba ponerse las camisas de Gabriel. Recuerdo pensar lo tonto que era que una mujer se viera espectacularmente sexy en ropa de varoncito, mientras que uno parecía un total imbécil con faldas o pantalones levanta pompis junto con una blusa escotada (no pregunten cómo lo sé), sin mencionar las chinitas. Muy pocas veces traté a Gabriela; siempre que yo llegaba decía que se iba a dar una ducha. Me saludaba con un beso en la mejilla, se despedía de Gabriel y se marchaba. Recuerdo un día en particular:

-      Qué tal, Gabriel. ¿Cómo te va con los cuadros?

-      Muy bien. Siento que Gabriela es mi musa. Cuando está, el universo adopta un orden, un sentido, en el que no busco profundizar, pero sí plasmar. Vos recordás que no soy religioso para nada, más bien, todo eso relacionado con las religiones me parece que son de esas prácticas antiguas que aún no nos hemos podido desprender por temor, por conviccionistas, por llevar esa relación con los padres y esos temores infantiles a lo universal y trascendental, pero, sabés, empiezo a entender eso de las musas, de acercarse a lo bello. La belleza, Mario, esa belleza que despierta regocijo, alegría, amor, las pasiones más fuertes que dotan de un orden al mundo, porque se plantea que Dios es eso, sabés, y exista o no Dios, eso representa lo trascendental, y lo trascendental es lo importante, ir más allá de las formas, de la simbología, de las letras, de la música en tu caso, Mario, y Gabriela me lo da. Gabriela me abre perspectivas, donde la llave es la pasión, pasión que despierta cuando ella está, y que no se ha cerrado desde que apareció.

-      Ha de ser de otro mundo para hacer el amor.

-      Y no tenés idea. Con una sonrisa en los labios.

-      Puedo imaginármelo.

-      Imaginarlo no es vivirlo, Mario. Yo sé que existe alguien por ahí que te despertará las mismas pasiones. Mirame a mí, tan licencioso que era a diestra y siniestra con cualquier fémina que me topara en el camino. Pero no lograba pintar de esta forma, y finalmente siento que soy yo quien pinta, no el otro.

-      ¿Qué otro? ¿De qué hablas?

-      Ese otro que está, que me acecha, me persigue. ¿No te había contado de él?

-      No, Gabriel, contame.

-      No hay mucho que decir. Desde que soy niño siento que hay como dos yo, ¿me entendés? Este que mirás: pintor, seguro, irreverente, auténtico, determinado y culto. Pero existe ese otro: miedoso, mentiroso, inseguro, a veces violento, falso. Lo llamo Estuardo, como mi segundo nombre.

-      ¿Por qué?

-      No sé, tal vez porque es parte de mí, porque ahí está.

-      ¿No es así como te llaman tus papás?

-      Mi familia en general, pero, bueno, ese otro yo ya no lo siento. Tengo la sensación de que se ha esfumado, chao, bye, hasta nunca y me hace sentir tan bien. Y sonreía.

Reconozco que en parte la existencia es una búsqueda constante de equilibrio, parecido al de las bicicletas o de los monociclos (tengo una particular admiración por los monociclos, desearía poder andar en ellos), equilibrio que es solo posible del constante movimiento, avanzar, avanzar y avanzar; pero siento que Gabriel me había mostrado la necesidad de parar, con el riesgo de caerse (si estás en monociclo, preferiblemente), pero al parar observar el contexto, y su entorno eran los colores, las personas, sus deseos, sus temores, aquel pincel abandonado, o la paleta embriagada de colores, todos dibujados en ese libro forrado en cuero blanco y terso que era Gabriela, un libro que seguramente encontró en un estante, se acercó, le invitó una copa y se perdió en la portada, sin mencionar lo que encontraría en sus hojas. O tal vez Gabriel era ese libro, que necesitaba ser leído nuevamente para recordarse lo que tenía escrito. Suelo pensar en Cortázar en este momento, “Siempre fuiste mi espejo, quiero decir, que para verme tenía que mirarte”, entre ellos tenía la sensación de poner dos espejos, uno enfrente del otro, donde se observa la inmensidad del espacio al que no entramos, pero sí sentimos, como al estar en la peluquería entre los espejos que nos rodean, movernos para vernos por enfrente y por detrás al mismo tiempo en muchas replicas, hasta que el anciano nos toma la cabeza y pasa la navaja porque atrás lo pedimos redondo.

 

-      Me alegra que hayás venido.

-      Gabriel, te mirás fatal. ¿Estás bien? ¿Qué sucede? Olvidemos lo que pasó, ¿necesitás ayuda?

-      Mario, lo siento mucho, en serio, lo lamento.

-      Ya olvídalo, soy tu amigo…

-      ¿Y yo qué soy? Lo que hice no es de amigos. Mario, lo lamento, es que no era yo, era ese otro.

-      Yo entiendo, pero…

-      ¡No! Vos no entendés lo que es estar bien y cambiar rotundamente, hasta que te despertás y te das cuenta de lo que has hecho.En ese momento sus ojos empezaron a humedecerse.

-      ¿Qué pasó, Gabriel? Contame, ¿Qué mierda pasó?

-      ¿Ya los atendieron? Dijo una de las voces más chillonas que se ha escuchado salir de una de las bocas peor pintadas entre pómulos atascados de maquillaje; pero sus ojos eran el verdadero espectáculo.

-      Quiero un café con leche, grande, por favor. ¿Y vos, Gabriel?

-      No quiero nada.

-      ¿Está seguro, caballero? Porque hoy tenemos la oferta de que si compra…

-      ¿Por qué no calla su maldita boca chillona y se va mil veces al carajo? ¿No entiende, usted? No quiero ni mierda. La camarera quedó desconcertada con su libreta en mano y su lápiz, moviendo su boca como articulando vocablos sin emitir fonema alguno. Dio media vuelta y se fue.

-      Vos, Gabriel, no tenías que hacer eso. La vieja solo hace su trabajo.

-      ¿Entonces su trabajo es joder? Ah, bueno, que bien, ¿y dónde lleno formulario? Yo también quiero que me paguen por estar jodiendo a alguien más. Señorita, disculpe, formularios para el puesto de chingadera ambulante, ¿dónde están? En ese instante, colocó la palma de sus manos en su rostro, como limpiándose. Sus ojos se volvieron a humedecer. Entonces, ¿en qué estábamos, Mario?En estado totalmente opuesto al de furia que tenía con anterioridad.

Quedé asombrado, fue la primera vez que logré notar plenamente esos yos de los que hablaba Gabriel.

-      Gabriel, decime, ¿qué sucedió?

-      Mario, después de que te gritara en casa de Roxana, yo me encontraba totalmente furioso…

-      Claro, lo sé, uno no lanza una botella a alguien por cualquier cosa.

-      Y lo lamento tanto, pero lamento más lo que te grité. No creo que seas un músico de mierda, para nada, me encanta tu música, llevo el EP que me regalaste a todos lados… bueno, llevaba a todos lados, luego de ese día lo tiré por la ventana del carro; pero bueno… y no creo que seas un escritor gastado que redunda en la simpleza de la experiencia cotidiana de barrio, amarrado a los arquetipos y sujeto al empleo de términos coloquiales para su fácil comercialización que vulgariza lo bello del arte. No lo creo, Mario, aunque suene muy elaborado y por ende muy reflexionado, creo que tu escritura es de una simpleza honesta que sumerge al lector en las aguas que tenemos todos en común como personas, pero que pocos reflexionan en su encanto y belleza, encanto y belleza que transmitís espléndidamente con esa prosa que envuelve y motiva al desarrollo individual de la retórica. Y cuando hablo de simpleza, no quiero dar a entender que me parece poco elaborado, me refiero a la simpleza con la cual podés tomar cualquier contexto con cualquier sujeto y elaborar una historia, con las palabras adecuadas, para darle a entender de una manera subyacente al lector lo trascendental de cualquier circunstancia. Todo lo que te grité aquel día solo fue producto de la rabia por verte junto a Gabriela, es que la forma en la cual te rosaba la mano…

-      Gabriel, en casa de Roxana nunca hablé con Gabriela. Antes de darle un sorbo al café con leche que acababan de ir a dejar.

-      Mario, por favor, se me hace muy difícil venir y ¿ahora bromeás con esto?

-      Gabriel, yo no bromeo. Te digo la verdad, yo no hablé con Gabriela en la tertulia de Roxana, es más, ni siquiera la vi.

-      Mario, por favor, claro que te vi hablando con Gabriela, junto a la mesa con mantel blanco, debajo del cuadro de los campesinos de Totonicapán. Vos llevabas un abrigo café con pantalón de lona, Gabriela estaba con un vestido negro ajustado. Los dos bebían whiskey. Ustedes dos se reían, ella jugada con su dedo índice el borde del vaso, mientras que intercalaba sus piernas en un constante cruce entre ellas, inclinada a un lado para hacer caer la totalidad de su cabello ondulado. Es lo que ella hace cuando coquetea, no jodás con que no le hablaste porque yo los vi.

-      Gabriel, yo no tengo un abrigo café.

-      ¡Maldita sea, deja de mentir!Golpeando la mesa con la palma de su mano derecha.

-      Al único que vi con abrigo café cerca de la mesa con mantel blanco fue a vos.

-      ¿Qué sugerís, que me vi a mí mismo hablando con Gabriela? Dejate de pendejadas, Mario.

-      No sé, Gabriel, pero yo no fui. ¿Le preguntaste a Gabriela?

-      No he hablado con ella desde ese día. Luego de haberte gritado, ella ya no estaba, se había ido.

-      ¿Me vas a decir que en estos tres meses ella no ha aparecido?

-      Hubo un día, fue en la semana en la cual sucedió todo esto. Yo estaba muy triste, Gabriela no contestaba mis llamadas, ni mis mensajes, iba a su casa y nunca me contestaba, le preguntaba a sus vecinos si la habían visto y me decían que no habían visto a nadie, pero yo dudaba de que me dijeran la verdad. En su lugar de trabajo me decían que no la conocían. Cuántas veces no armé un escándalo, pero no la encontraba, Mario. Me sentía fatal, y para la noche me fui a meter a cualquier bar o antro que encontraba abierto. La noche en sí no la recuerdo, pero desperté en mi casa, recostado en el sillón, sintiéndome como atropellado, con un dolor de cabeza gigantesco y adiviná cuál fue mi sorpresa al despertar. Era su blusa, Mario, su blusa estaba sobre la mesa. Creí entonces que ella estaba en la casa, pero no, no la encontré, aunque dejó su blusa.

-      ¿Cómo sabés que es de ella?

-      Tenía su olor, Mario, esa fragancia que tantas veces ambientó mi recinto y que su pequeño rastro me despertaba en el mundo, además, a ella le gustaba personalizar sus prendas, tenía los mismos cortes y puntadas que usualmente hacía ella, pero, sobre todo, le gustaba marcar sus prendas personalizadas con un corazón en la etiqueta, y ahí estaba, el condenado corazoncito. Mario, ella estuvo conmigo, pero no sé qué fue de ella. Ya no pinto, me siento vacío. Un día me encontraba en mi estudio buscando pintar, pero todo mi estudio me recordaba a ella, lancé mis pinceles y mis oleos a las paredes, rompí mis mesas y mis cuadros, me arranqué las prendas, Mario. Por poco le prendo fuego a mi estudio, por eso te llamé, creí que vos sabías donde estaba ella. Creí que, si ella me veía arreglar los problemas con vos, tal vez me buscaría. Pero al parecer no está con vos y no sabes dónde está. Mejor me voy.

-      Gabriel, esperá… Pero Gabriel se levantó de la mesa y se marchó, con el paso de un muerto viviente en contraste con la luz.

 

Luego me enteré de que Gabriel intentó matarse. No me sorprendió, luego de haber notado su aspecto y su tonalidad de tristeza y desesperación al hablar. Aparentemente dejó la llave del gas abierta, colocando una vela a la par suya, cuando buscaba colgarse en su estudio totalmente destruido; el olor a gas alertó a los vecinos, la cuerda se rompió, dejándolo simplemente inconsciente, a cinco centímetros de la vela que se encontraba sorpresivamente apagada. Su familia, que contaba con el suficiente caudal para costear un tratamiento psiquiátrico, lo internó en un centro de salud mental privado. Sentí como un deber por amistad el tener que ir a visitarlo. Al llegar me encontré con algunos de sus familiares, sus dos hermanas y su madre. Me contaron que Gabriel no decía nada, simplemente se encontraba la mayoría del tiempo recostado en su cama, observando el techo. Les pregunté si habían conocido a Gabriela, su novia más reciente, me contaron que no, que Gabriel llevaba mucho tiempo sin ir a visitarlos, mucho menos hablarles, desde que su padre falleció hace unos siete años. Me contaron que estaba devastado, obtuvo su parte de la herencia y se marchó a hacer lo que deseaba. A la hermana más grande le llamó la atención el nombre de Gabriela, me contó que en su infancia Gabriel tuvo una amiga llamada Gabriela, que era muy linda, que le gustaba bailar y cantar en las reuniones; su padre era un sastre que vivía cerca de su casa en Fraijanes. Gabriel y Gabriela permanecían siempre juntos, jugando en las calles, corriendo uno detrás del otro, colgándose de los árboles hasta que el sol se ocultara. Le mostré mi sorpresa ante tal fragmento de la vida de Gabriel, dado que Gabriel nunca me había contado sobre ella. Su hermana me explicó que, a lo mejor, Gabriel buscaba evitar recordar esa época, le pregunté el porqué, si parece que fue una época muy feliz de la vida de Gabriel. Me contó que, como toda época, llega a un fin. La niña Gabriela desarrolló un tipo de cáncer terminal a los trece años. Gabriel se sentía devastado, especialmente porque ya no podía salir a jugar con ella y verla; sus momentos de interacción se volvieron bajo un ambiente de hospital. Gabriel estuvo durante todo el proceso. Recuerda que el día que Gabriela perdió todo su cabello, Gabriel le manifestaba que aún era muy linda. Dibujándola, le recalcaba que era su musa. “¿Su musa?” pregunté, como reflejo. Afirmativamente me respondió la hermana de Gabriel, le pregunté si tenía una foto o imagen de esa tal Gabriela. Me respondió que existen fotos en su casa donde están Gabriel y Gabriela de niños, pero que, desde que a Gabriela le detectaron cáncer, Gabriel no quería tomar fotos de ningún tipo, decía que no deseaba recordar un momento tan triste como este de una forma tan fría como lo es la fotografía, porque el aspecto de Gabriela no reflejaba quien era Gabriela en realidad, por lo que buscó dibujarla y plasmarla a su manera, como él la veía. Le pregunté si aún conservaban el dibujo de Gabriel, y me respondió que seguramente se encontraba en su cuarto, en algún lugar de su clóset. Algo en mi interior me impulsaba a ver ese cuadro, una fuerza interna de la cual desconozco su origen específico. Le pedí a la hermana de Gabriel que si encontraba ese cuadro que me llamara, que a lo mejor le haría muy bien a Gabriel recordar a su amiga de la infancia. La hermana mayor no se encontraba totalmente convencida, pero le planteé que a lo mejor lo que pasaba con Gabriel era que tenía aún un conflicto en el cual no había logrado lidiar con la pérdida de su amiga de la infancia y que ahora proyectaba ese conflicto en esta nueva pérdida de su expareja. Y que, además, estábamos planeando un homenaje a Gabriel en el centro y que nos gustaría tener una de sus primeras obras en la exposición. Me parece que la segunda la convenció más que la primera, la psicología nunca fue mi fuerte. Al siguiente día en la mañana me llamó la hermana de Gabriel, contándome que había encontrado el cuadro entre las cosas viejas de su hermano. Le pedí que nos juntáramos en un café del centro para que de esta manera pudiera observar el cuadro y poder comer algo, pero me dijo que Gabriel había estado inquieto y autodestructivo durante la noche, por lo que nos vimos en el centro psiquiátrico. Llegué antes que la familia de Gabriel, y en ese mismo momento comenzaba el horario de visitas. Me preguntaron que a quién llegaba a ver. No estaba muy seguro de entrar a visitarlo, pero pensé por un momento que un rostro conocido podría caerle bien a Gabriel. Entré y lo encontré sentado en una mesa de concreto fina y bien elaborada, se encontraba relativamente calmado. Me observó y bajó la mirada hacia la superficie de la mesa.

-      ¿Cómo te encuentras? le pregunté.

-      Bien, muy bien, muy contento.Me respondió con claro signo de sarcasmo.

-      Gabriel, por favor, ¿estás consciente que te ibas a matar por una mujer?

-      Vos no entendés, vos no entendés nada. Siento que ella era un mundo en el cual yo habitaba, y se fue, como si nada. Me siento como flotando en el espacio, rodeado de estrellas a las que nunca llego, de nebulosas que un día se apagaran, buscando un agujero negro que me absorba, que me desaparezca de este universo, de esta dimensión. A lo mejor en otro universo está ella, en ese otro universo la puedo encontrar. Ella misma en otra época. ¿Crees vos en la vida después de la muerte? ¿O en la reencarnación? Es lo único en lo que me puedo resguardar, Mario, aunque me parezca una total estupidez, pero matándome era la única forma de saberlo, ¿sabés? No me buscaba matar porque buscaba la muerte, buscaba el matarme para poder vivir, en esta vida u otra.

-      Gabriel, por favor, vamos, así como llegó ella podría llegar alguien más. ¿No creés que todo esto puede llegar a tener algo que ver con tu amiga Gabriela, la de la infancia?

-      ¿Quién?

-      Vamos, Gabriel, vos sabes de quién hablo, no lo estés negando.

-      La única Gabriela que he conocido ha sido la misma que vos conociste y que ahora ya no está.

-      Vamos, Gabriel, recordá, la niña con cáncer que fue tu amiga, que jugaba con vos en las calles por tu casa, en Fraijanes. A la misma que dibujaste porque decías que las fotos no plasmaban cómo en realidad era ella…

-      ¡No he conocido a ninguna Gabriela, dejate de estupideces!

-      ¡La que vos llamabas tu musa, Gabriel! Tu hermana me contó. Tu musa, Gabriel, tu musa de la infancia.

Gabriel se encontró desconcertado, sus ojos se volvieron brillosos y húmedos. Sus manos empezaron a temblar, al igual que sus labios.

-      Mi musa… Gabriela.

-      Sí, Gabriel, esa niña.

-      Y la única.

-      No lo sé, vos me dirás…

-      Es la misma, Mario, no se ha ido. Ella está ahí, siempre vuelve.

-      No, Gabriel, por favor, ella murió de cáncer y vos lo sabes.

-      Pero a ella no le importa, al mundo no le importa.

-      Son diferentes, Gabriel. Tu primera Gabriela murió de cáncer. La segunda es alguien más, vamos, calmate, pensá. Ya estamos aquí, te vamos a ayudar…

-      No, Mario, es la misma, y vos la viste. Vos la viste, entonces no estoy loco. Ella lo logró, lo logró, ¡lo logró, carajo!

-      Gabriel, tranquilo, voy a ver si ya vinieron tus hermanas o tu madre. Hablá con ellas, te hará bien. Respirá. Mejor me voy.Y me levanté de la mesa, sintiendo que había perdido a mi amigo.

Cuando el guardia me abrió la puerta me encontré con la hermana de Gabriel, y me dijo que tenía el cuadro. En ese momento no me encontraba con tanto deseo de observarlo, pero aun así lo hice. Desenvolvió el cuadro, que lo tenía dentro de un juego de telas, y al observarlo me encontré con que la niña con la que se encontraba Gabriel era idéntica a aquella que un tiempo atrás vi en el estudio con su camisa de botones, saludándome con un beso en la mejilla, con la insignificante diferencia de tener un aspecto más jovial. Volví mi cabeza estupefacto a ver a Gabriel, que saltaba y gritaba de alegría sobre la mesa. La hermana no entendía el porqué de mi expresión, no importaba, recuerdo sentir el aroma de las flores de mi vecina, a lo mejor ellas también viajaron más de lo que la mayoría esperaba.

2,015

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