Reinventar
Estoy tan solo como este gato, y
mucho más solo porque lo sé y él no.
El Perseguidor – Julio Cortázar
No
sé si sufres, pobre gato. Ahí, debajo de la limitada extensión de techo que
logra cubrirnos de la lluvia. Perdido (o tal vez soy yo el no encontrado)
observando las salpicaduras en el suelo, esa violencia con que las gotas en
caída libre explotan para volverse a inventar. La cortina de agua se extiende
entre nosotros, gato, y no sé si te percatas que aquí, del otro lado, alguien
más espera que la ruda ráfaga pase. El sol saldrá y se evaporarán aquellas que
en algún momento fueron gotas, se elevarán hasta habitar por cierto tiempo en
el cielo, por los aires, buscando cumplir un ciclo, sistemáticamente sus fases
hasta que las condiciones lleguen a ser tales que sea nuevamente necesario el
lanzarse, suicidarse en caída libre como un millón de soldados entregados a la
preservación del ciclo natural, dividiendo por tiempo seres con el espacio,
alimentado esta ansiedad por el reencuentro. No sé si piensas, gato, pero me
gusta pensar que, si lo haces, si lo logras, y si lo haces muy bien, tus
abstracciones se extienden a algo más que ratones, perros, bolas de lana y
guacales con leche. Puede que esa mirada perdida que muestras (o que yo quiero
pensar que es perdida) sea la misma que muestro hoy, en este preciso instante,
mientras la naturaleza detiene nuestros planes, yo marcando el tiempo con leves
zapatazos al suelo y tú, gato, con la ondulación de tu cola gris y blanca.
¿Será eso de lo que hablan, gato? ¿Será esa la necesidad de volarse la cabeza
con el primer palo que se encuentre, la escopeta, lanzándose del quinto nivel
del primer edificio que tengamos a la mano para volver a empezar? Mírenme,
aquí, sacando filosofía de mesa de noche frente a un gato, ambos varados por la
lluvia. Problema viejo, problema ya abordado, ese dilema atemporal que se
mezcla con el contexto y sale en algo falsamente nuevo. No somos gotas, gato,
claro que no, y si lo somos, ese golpe con el suelo es mucho peor que el de
este millón de soldados que se revientan cada temporada de invierno con el paso
de huracanes. Y empiezas a lamerte tus bracitos, tus peludos antebrazos, y a
pasarlos por tu cabeza como si te arreglaras para algún encuentro. Yo también
espero a alguien, ¿sabes? Está como quince minutos retrasada, pero no la culpo,
con esta lluvia, con esta cortina de agua, el viento, los charcos, el caos
vehicular, en cualquier momento se podría ir la luz y los semáforos dejarían de
funcionar, también los postes que empiezan a alumbrarnos, porque la poca luz
solar que llega ha adoptado el matiz grisáceo de las nubes, y esta hora de las
cinco de la tarde empieza con los primeros signos de atardecer. No, no sé si la
amo, lo más seguro es que no. Ciertamente no entiendo tanto del amor como
creerías, gato, esto de ser humano no te da mayores facultades, puede que tú
sepas más de todo eso, con esa entrega instintiva e irracional (si es que no
piensas) con que podrías estar junto a otros seres (o tal vez sabes que el amor
no es algo que se piensa, sino que tan solo se hace). Ella dice que desea
hablar y siempre es lo mismo, aquel pulido y ya prefabricado diálogo con que
buscamos estar en mutuo acuerdo, fijando los deberes con relación a los roles.
Primero expone ella los pormenores de la relación, sus miedos, es que papá,
papá quiere que me vaya con él al extranjero, pero no quiero dejar a mamá, y
luego me revienta a mí, es que tú, tú no agarrás formalidad, ya buscá un
verdadero empleo porque yo quiero una casa, un jardín, que nos vayamos a
vacacionar, bla birin pan pan ptsss. Saca ese listado de supermercado y empieza
uno por uno y en ninguno se muestra como en realidad me gustaría encontrarla.
Existe un momento en que tan solo la observo hablar, mover sus labios, cambiar
sus gestos, su mano izquierda por los aires en búsqueda de dramatismo y su mano
derecha aferrada al café mientras pienso en lo opuesto de todo esto. Lo que
deseo de ella es tan falta de ella y más de oportunidad, que me vea como lo
relativo al lugar que puede llegar cuando todo, total y plenamente todo se haya
ido al demonio, ese abstracto en el que pueda gritar, llorar, hablar, odiar o
amar… o simplemente estar. Claro que yo estaré ahí, y no necesito saber por
qué. Gato, uno no lo elige, claramente uno no lo elige. Uno no elige a quién
desea obsequiarle el alma, esa necesidad de sentir la satisfacción, la entrega,
el heroísmo, el mismo sacrificio y martirio con el anhelo de llegar (o
regresar) al paraíso perdido. Y es por eso mismo que seguramente no la amo,
estar con ella como un fin y no como todo ese momento que se extiende y se
alarga, ser el camino y no el mismo Edén. Y ahí viene ella, con sus mismos
aires de superioridad, como si me hiciera un favor al encontrarla, al dejarme
estar a su lado. Tal vez ella también cree que su entrada al cielo está en
permitirme tener sus besos, sus manos, su aliento y caminar. Gato, yo sé que
debería huir, sacarle de forma ofensiva el dedo del medio o al menos la lengua
y correr junto a vos bajo la lluvia. Sería lindo, sería ideal, simbólico, pero
vos no entenderás. Ella se acerca, me sonríe y con mayor fuerza deseo quedarme
y que un día de estos me llegue a necesitar, como ese abstracto, como ese
simple y único abstracto.
Conversamos
sentados en la mesa con los pies empapados, ella toma mis manos con mayor
ternura buscando el calor mientras fijamente me observa, me estudia. Yo sonrío,
son de los momentos ilusos en que se vuelve a creer en algo más, en los setenta
años a su lado. Y el mismo dialogo. De nuevo el mismo absurdo y poco auténtico
diálogo. Dejo que ella hable observando únicamente sus gestos. Hoy se muestra
mucho más contenta que en ocasiones anteriores, y frota mis manos, el dorso de
mis manos con sus pulgares. Al estar junto a la ventana observo la calle y tú,
gato, sigues ahí, debajo de ese poco techo, con una lluvia que incrementa con
la fuerza. –Lo siento tanto, pero pienso que si queremos que esto dure tenemos
que poner de los dos… –yo solo asiento con la cabeza y tú, gato, me empiezas a
observar– digamos, ya dejá a un lado eso de ser escritor. Mi papá me dijo que
ahorita que se va al extranjero nos podemos dedicar a su negocio, que podés
trabajar ahí y tomar algo formal… –y nuevamente asiento con la cabeza. Tú,
gato, lames tus bracitos y pasás tu antebrazo por encima de tu cabeza peluda,
tus orejas empapadas– es que yo creo que tú podés hacer algo más, pero si no te
aplicás no podrás hacerlo. Digamos, ya sos un adulto, comprá un carro, conseguí
un lugar más grande, vestite más formal –la lluvia se incrementa y tú, gato,
por última vez me ves. Salís corriendo a toda prisa entre la masa liquida
estancada en el suelo, entre la cortina de agua que nos divide y te vas. Suelto
las manos de ella y me levanto, pego mi rostro a la ventana y tu silueta se
pierde entre la opaca luz que aún persiste durante el ocaso. Puede que la noche
no siempre sea un fin, sino también un comienzo. El reventarse la cabeza y
volarse los sesos para recoger lo necesario y comenzar de nuevo. Gota de
lluvia. Ella creo que me interroga con relación a lo sucedido, no lo sé, no la
escucho, tan solo veo sus gestos que cambian radicalmente cuando le muestro el
dedo del medio y me marcho.
2,016
Comentarios
Publicar un comentario