Primer acto
Yo solía llegar al salón de clases mucho antes que los demás, y esperaba ese primer día con ansias ante la incertidumbre de las personas que volvería a encontrar y de aquellas que conocería, e intercambiaría miradas, anécdotas, relatos y refacciones por primera vez.
Hoy, ya mucho tiempo después, logré corroborar aquellas historias que me compartía Pepe sobre sus viajes a Jutiapa durante las vacaciones. Logré ver los atardeceres en aquellos lejanos montes que se postraban uno encima de otro, adoptando matices dorados, escarlata y oro en relación con el descenso del sol. Líneas curvas y paralelas nacientes en cada una de esas colinas, en juegos de verde, y como recuerdo: marcas en el tiempo del trabajo de los hombres y mujeres que viven de ellas. El calor de oriente era como me lo contó Pepe, “esa necesidad tan cerota de sacar el banquito, la silla plástica, o de simplemente echarse sobre la acera, frente a la casa, junto a la puerta, y saludar con un “Oii” a todo aquel que pasara”.
A Pepe le encantaban los licuados de cereal y Choco Milk que compraba en oriente, hablaba de esos licuados con una revelación tal que durante años pasé con la inquietud de ese dichoso primer sorbo que finalmente fue satisfecho con el tiempo, dentro del vasito blanco con trazos amarillos, rojos, azules y verdes en su exterior. Pero durante aquel primer día de clases todo aquello no era más que expectativa, imaginación, deseos y esperanzas de poder vivir y experimentar los lugares por siempre mágicos que me compartía Pepe. Mi familia no iba más allá de mi madre y mis dos hermanas, en la estrechez de aquella ahora lejana casa. Nunca supe de donde veníamos ni a adónde habríamos de regresar. Para mi madre no existía un pasado si de aquel pasado no se podía obtener algo más que nostalgia, heridas, perdones inexistentes y promesas olvidadas. Regresar por medio de la memoria, hoy, a aquellas calles de la zona ocho me contrae el estómago, la garganta y me inunda el pensamiento. Por aquellos rostros ahora difusos, por las voces que no volveré a escuchar, por aquellas paredes de block desnudo, calles con baches y sonar de camioneta. Pepe me permitió vivir por instantes otros mundos y saber que existe algo más. Aquel primer día de clases comenzaba a llenarse de viejos conocidos y de nuevos por conocer: Carlitos, André, María Fernanda, María José, María de los Ángeles, Mari María, Humberto, Manuel, David, Ángel y Génesis María, Andrea, Fredy, Moreno, Copo de nieve¸ Chus, entre otros tantos que permanecieron por algún tiempo en mi vida, en el equipo de fútbol, en el acto de cierre del ciclo, en las fiestas de quince años, Génesis María con quien perdí mi virginidad, Mari María que la perdió conmigo, el embarazo de Andrea con Copo de nieve, los años de universidad que son los mismo que los años de embriaguez, pero Pepe no llegó en aquel lejano primer día de clases.
Luego me enteré de que se había ahogado nadando en un río en oriente. Hoy, viviendo aquí en Jutiapa junto a mi esposa, en la misma calle donde coincidentemente la conocí, gracias en parte a los relatos de Pepe, veo a los niños andar y correr y tomar licuados. Algunos creen que pactamos antes de todo esto, como una especie de obra de teatro para volvernos a encontrar: tú llegarás como mi hermano y tú como mi mamá. Me gusta pensar que existe algo más allá, un lugar después de la obra, donde Pepe y yo nos reencontramos, y me cuenta otra historia.
2,016
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