Ventanas

A Marcelo

“Somos ventanas, corazón

Vidrios empañados porque hace frío

Afuera y adentro somos tibios (aún)”

In The City Of Blinding Lights – Marcelo de León



Marcelo dice que somos como ventanas. Ventanas que se empañan porque afuera hace frío, pero por dentro aún nos guardamos tibios. Inclina su rostro y me ve por encima de sus lentes negros y cuadrados. Guarda la expresión seria y callada, mientras llevo la botella a mi boca, asimilando la magnitud de sus palabras. Ventanas. En mi mente solo quedan: ventanas. Y hace una expresión aceptándolo, de conformismo. Voltea a otro lado y pareciera que finalmente experimenta la comodidad como para compartir esa analogía. Siento su alivio, pero no sé si él percibe mi miedo.

Soñamos con escribir textos, pintar conceptos, cantar mundos. Y es un tema sensible para ambos. La autenticidad, ese qué que nos brinda alivio y que dignifica la obra, la colocamos por encima de todo lo demás, pasando minutos que se vuelven horas discutiéndola y pasando días que se vuelven meses buscándola. Cada uno por su lado. Y nos encontramos entre carros gastados, banquetas en descuido, edificios de antaño, escuchando música que nos haga pensar en la posibilidad de por siempre tener veinte años.

Existe alguien que cree que lo que nos une es una extrema sensibilidad hacia el ambiente, que las cosas que nos rodean nos duelen y que nos gusta porque al menos es una manera de sentir algo en un contexto donde se evidencia lo contrario. Seguramente ese quien que lo dice es un imbécil, porque no es algo nuevo y mucho menos original esa idea. Sentimos el ambiente como lógicamente se debe de sentir, con la complejidad y dinamismo que lo caracteriza. Experimento cierto desagrado en que alguien venga a adularnos cuando lo más seguro es que a él, como a los demás, solamente no le interesan esos aspectos que a Marcelo y a mí nos llaman la atención. Creer que algunos son más y otros menos es una manera simplista y vacía de querer conceptualizar el mundo. Se lo digo a Marcelo y solo ríe. Me llama idiota. Me dice que claramente la gente no siente las cosas, por esto u otro motivo, que es un característico de la contemporaneidad, pero que existen algunos, como nosotros, que nos aflige la existencia y que tenemos una necesidad grande, muy grande, de expresarla, con algo tan banal como el arte.

Yo creo que todos sienten por igual, claro que diferentes aspectos, en relación a aquello que hemos escuchado y vivido, pero es igual. No podés pedirme que sienta la muerte de los niños con hambre, los golpes a las mujeres y la impotencia de los ancianos en silla de ruedas, cuando lo más difícil que me ha pasado es que alguien no haya llegado a corresponderme. Pero te aseguro, aunque suene estúpido para vos, superficial, banal, que eso me ha dolido, mucho, ¿si más o menos que lo que le duele a una madre ver a su niño con hambre o cuando el niño ve a su madre ser golpeada por su padre o cuando el anciano ya no puede levantarse? No lo sé, ya te dije que eso de más o menos me parece muy simplista, pero igualmente golpearía en la cara a aquel que me diga que eso que me duele es una estupidez como seguramente lo haría el niño que le digan que su madre es una estúpida por dejarse golpear. Creo que lo que pasa es que necesitamos sufrir, de la misma forma que necesitamos sonreír. Necesitamos hacernos sentir, por lo que nada es banal o muy importante, esas solo son ideas, creencias. Solo tomamos lo primero que se nos presenta y le damos todo aquello que necesitamos, y ahí está. –Sí, ahuevos, maje, que aquella no llegará a la kermesse es igual a que se te muera tu hijo por no poderle dar de hartar –toma un trago mientras ve para otro lado, lo traga, me observa–, que sensibilidad la tuya, maje –endurece el rostro–. No seas idiota, qué putas te pasa –rio, y es una risa tan dulce. –No sabía que se te había muerto un niño, serote, lo lamento, –No necesito que se me muera un wuiro pisado para saber que es una tragedia, –El que digás que es una tragedia no significa que la sintás como tal. Marcelo, anteponiendo el concepto, las ideas. Clásico. Se me hace que si un día sos maestro, cuando un patojo cerote copie le vas a echar la paja que te entristece ver como copian, que el mal se lo hacen ellos mismos y que a la larga le están robando el dinero a sus padres, –Es que sos estúpido, ¿va?, –Mucho, –Pero un vergo, –Lo suficiente, –¿Para qué?, –Para que te entristezca lo estúpido que soy –y reímos tanto, como dos idiotas.

Aseguramos el carro en el parqueo del S11 y empezamos a andar. No caminamos mucho hasta encontrarnos a Danielito sacando copias en una caseta enfrente del S12. Nos sonríe, toma sus copias con torpeza hasta acercarse a nosotros que caminamos con un paso lento y cansado. Ciertamente ya no es el mismo Danielito de hace tiempo, para empezar, ya no bebe, ya no fuma. Nos habla de su retiro espiritual, de lo difícil que fue para él armarlo, pasando tardes enteras haciendo llamadas, reservando lugares y buscando gente dispuesta a pagar Q150.00 por un día de juegos con lazos, sillas plásticas, vendas en los ojos, cartas de sus amigos y familiares donde les dijeran que los quieren mucho y que los esperan en casa, siempre antes de la típica carta de Jesús. Acampar y regresar al día siguiente con la basura del día, teléfonos perdidos y un nauseabundo olor corporal por las actividades en nombre de Dios. Danielito resalta que lo ama y que su vida ha cambiado. Nos deja dos invitaciones para su grupo de jóvenes de los jueves por la noche y se marcha con zancadas largas y movimientos amanerados. Con Marcelo nos preguntamos qué habrá sido de ese chico que mostraba con entusiasmo el vídeo del niño y el cerdo, y nos cuestionamos de la probabilidad de que si Danielito, al preguntarle sobre su colección de vídeos de tercero básico, aún los guarda. Zoofilia.

Observar a Danielito marcharse me produce una nostalgia sobre la secundaria. Seco, seco, tan seco con acné en el rostro. Aislados por decisión propia sin estar deseándolo, la simplicidad de la vida y lo dramático de nuestra existencia. Cuando se tiene quince años solo deseás a alguien que te ame, con total y plena incondicionalidad que en ningún momento posterior se repetirá, pero es un deseo imposible por ser incapaces, ellas, ellos, nosotros. Creía que en ningún otro momento había amado más o tanto, pero ahora sé que no era amor. No sé qué era, pero sé que no era amor. No deseás sexo, no lo creo, aunque algunos lo tengan. El sexo se vuelve un medio para obtener lo verdaderamente anhelado, que por momentos es afecto, importancia, honestidad, estar con alguien y ser mutuamente vulnerables, y dejar de estar solo. Por ese tiempo. Sin miedo. Ahora pienso que en realidad lo que quería era no ser el único miserable, cuando en clase éramos al menos 36. Hoy lo sé. Pero nunca me reconocía en alguno de ellos. La gente cambia con alguna constante. Sin amistades eternas hoy que a los quince años se ven tan reales. Tan posibles. El tiempo no soluciona las cosas, tan solo uno es el que distrae la consciencia, desvalora lo sucedido, la racionaliza y la llamamos superación o éxito. Danielito se va, como seguramente me he ido yo. Pero algo del otro nos queda.

Tan solo queremos beber algo con la posibilidad de un poco de billar. Existe algo en la universidad que nos parece eterno o infinito, recorriendo las distancias hasta la salida y en el tiempo. Somos dos y tan solo dos individuos que se zambullen en un único contexto, aunque compartamos las cosas que nos rodean con las miles de personas que se encuentran acostadas entre los árboles, platicando en las mesas, vendiendo pulseras o simples dulces. Para Marcelo y para mí ellos son un adorno más, con el mismo valor de un vaso o más bien de una silla reclinable en el consultorio del dentista. Congruente, clásico, situándonos en un escenario. Puede que solo yo lo vea y simplemente Marcelo sea un objeto, un adorno que destaca en este rol que pretendo interpretar, o viceversa… y sea mi esencia dentro de este simbolismo. No sé si alguna vez me he cuestionado, además de ahora, de las posibles historias o sucesos que han pasado durante todo este tiempo en medio de estos árboles y que no han sido registrados. Con la superficial seguridad que brinda la abstracta mascara de la identidad veo a esos adornos andar, con la posibilidad en el hecho de que sea una constante que se repite con otras ropas y otros peinados. Lo hermoso que sería vernos andar por ahí con quince años. Lo triste que sería que sí estemos ahí, tan solo que ya no nos reconozcamos.

Llegamos a pasar frente a la biblioteca, con una luz que es envolvente y cálida de las cinco de la tarde, donde la Plaza de los Mártires se sitúa imponente y Bienestar Estudiantil no tan vieja y sucia. Encuentro otro vestigio de la secundaria. Sapo pasa lejano, soplando sus uñas, verificándolas y alzando la mano para seguir con el saludo, dentro de un atuendo de botas negras y altas, camisa como red para pescar y la boca oscura como sus pulseras. Con Marcelo lo vemos y puede que en este momento ya sea alguien de confiar, no para conversar, mantener un dialogo, intimar o para pedirle Q5.00 para el regreso, pero sí para confiar. Antes, en el colegio, los discursos sobre su trisexualidad e historias de sadomasoquismo se veían eclipsados por la incongruencia con su aspecto de lentes gruesos, pantalones bien planchados, peinado a un lado y lonchera de los Thundercats. Hoy lo veo contento, sonreír, cercano al encuentro de ese alguien que seguramente lo acepta por quién es y siempre ha sido, por lo que muestra y expresa, recibiéndolo con abrazos para combatir el frío que la red de pesca no logra abrigar.

Caminamos y llegamos a Liverpool, y nos parece que Q30.00 por dos litros de cerveza es una muy buena oferta, además de estar a Q20.00 la hora de billar. Entonces tomamos nuestros litros, nuestros vasos y guantes. Con Marcelo conversamos, discutimos de música, libros, superficialidades, datos curiosos de la cultura general o cualquier cosa que pase por nuestras mentes. Liverpool se llena de personas con la gradual ausencia de luz natural. La música pasa de los éxitos de hace dos décadas a lo más reciente del reguetón, y las formas se juntan y se arriman, gritan dejando los bolsones a un lado, hombres de gorra plana y mujeres de pantalón apretado, cintura alta y tenis blancos de rayas negras con el logo antiguo de Adidas, o solo mostrando el ombligo. Algunas de las formas, ahora más grandes, caminan de un lado para otro buscando mesa. De una de ellas sale una forma más pequeña que se acerca, mientras Marcelo busca hacer un tiro y yo bebo recostando la totalidad de mi espalda en la pared. Grita, me toma, me abraza, me da palmadas, –Qué bueno volver a verte, cómo estás, ¿y aquel es Marcelo?, qué onda, maje, cómo les ha ido –resulta que es Francisco.

Francisco nos pide compartir mesa, llama a sus amigos. Él remarca que son sus amigos, con gran entusiasmo, con unas claras ganas de querernos presentar. Al bajito le dicen Chiltepe, es callado, se muestra cortés, estrecha la mano con fuerza y en ningún momento nos ve a los ojos. Existe un segundo que se presenta como Joel: pálido, colocho, obeso y rubio. Hace el sonido de golpes con la boca mientras finge golpear a alguien por detrás de la cabeza. No logro evitar concentrarme en el sudor acumulado en forma de gotas por encima de su boca. Y la última es una mujer que se llama Janet, quién curiosamente es algo atractiva, una linda morena de ojos negros y cabello planchado, sin pantalón apretado de cintura alta ni tenis blancos de rayas negras con el logo antiguo de Adidas. El que muestre su ombligo claramente no me molesta. Francisco se da cuenta, la toma por la cintura y con vulgaridad nos dice: –Es mi novia. Janet me observa y siento que ese posterior beso en la mejilla se alarga más de lo normal, más de lo que la simple cordialidad necesita. Marcelo sigue haciendo tiros en la mesa, mientras Chiltepe y Joel buscan palos para poder jugar y la tiza.

Los muchachos beben, y beben tanto. Marcelo y yo también bebemos, pero en cantidades mucho más moderadas. Y la razón es que el dinero no nos alcanza. Francisco toma sus vasos empleando únicamente cuatro tragos, máximo. Manda a Joel cada diez minutos por otro par, Chiltepe no habla bien, no tira bien, no se sostiene bien, además que Marcelo me cuenta que anda con la insistencia de querer sacar a bailar a dos mujeres que platican en el fondo del lugar, refiriéndose a ellas como las dos pares de nalgas. Janet sigue sentada junto a Francisco, tomándolo de la mano, tomando su cubata. Yo sé que el tiempo ha pasado como para que no seamos los mismos, pero considero a Francisco aún un amigo, por algún motivo que no deseo indagar o por simple nostalgia, pero esa noción de amistad hace que me incomode mucho más de lo normal las expresiones que me hace Janet. Nunca fui bueno con los flirteos, y siento considerablemente incómodo que Janet me vea con cierta constancia, en especial justo cuando estoy a punto de hacer un tiro. Joel viene, mucho más estable que Chiltepe, toma el palo y hace un muy buen tiro, haciendo saltar la blanca y metiendo la dos y la cinco. Veo sus lentes que me reflejan la poca luz del lugar. Me observa, sonríe, me pregunta si vi eso y yo asiento sin dejar de concentrarme en sus gotas de sudor por encima de la boca. Marcelo se acerca –Maje, último tiro y nos vamos. Nos tenemos que cruzar todo el campus, –Vivo, va. ¿Vos viste como me miraba esa tal Janet?, –No, maje. ¿Por qué?, –Creo que se me esta insinuando, –Maje, no jodás, es la novia de Francisco. Ahí anda tomada de la mano de aquel, dejalos. Capaz solo le gusta ver, sin ninguna intención carnal. Todo para vos es sexo, –Maje, me guiñaba el ojo, –¿Y qué? Yo te guiño el ojo ahora y no te voy a coger. Ahí dejalo, ignorala, –Va, Va, –Te diría que te la chimaras, pero sos un gran hueco, entonces hacé el último tiro y nos vamos a la… –y escuchamos a Chiltepe gritar insultos mientras era golpeado por dos individuos mucho más grandes que él, amigos de las dos pares de nalgas. Joel sale corriendo a ayudarlo, mientras Francisco se para y Janet deja la botella y el vaso a un lado. Chiltepe es muy pequeño, los dos majes lo tiran al piso, uno se monta y empieza a golpearlo en la cara. Las dos pares de nalgas se ríen, Joel llega y el otro lo golpea de tal forma que cae y no se mueve. Francisco está claramente ebrio, la levantada le ha dado el golpe, pero llega, se tira encima del que golpea a Chiltepe, lo hace a un lado, llega el otro, pero Chiltepe le pone zancadía. Es un espectáculo de dos contra dos con Joel a un lado tirado. Las dos pares de nalgas toman sus cosas y se marchan. Suben los hombres de seguridad, golpean a los cuatro y los sacan aturdidos a la fuerza. Hay cerveza derramada, vasos plásticos tirados, botellas sin terminar y el cuerpo de Joel que no reacciona. Observo a Marcelo, tiene la misma expresión que yo. Asombro ante el regular espectáculo de lucha. La gente grita mientras los sacan “¡Huecos, huecos, huecos!”, Janet me observa, me sonríe, y yo pienso que debería ir a ver cómo está Joel.

Sentamos a Joel en una silla. Janet se queda con él y le pido a Marcelo que me acompañe a ver cómo están los demás allá afuera. Francisco sangra de la frente y Chiltepe escupe sangre. Vómito y sangre. Se recuesta junto a un poste donde se ha acumulado la basura y escucho las fuerzas que hace con el abdomen para poder sacar todo aquello que lo asquea. Para por un par de segundos y vuelve a empezar. Se ve fatal, sucio, embarrado de cerveza y tierra, más restos de lo que vomita en su vestimenta. Francisco sigue ebrio, pero calmado. Nos pide que vayamos con Chiltepe, pero Chiltepe no se va a mover de donde está. Francisco no muestra señales de asco, tan solo se tambalea y se sostiene con un solo brazo de lo que alcanza. Chiltepe, acostado boca arriba, empieza a vomitar de nuevo, esta vez más brusco. Marcelo camina a su encuentro para darle vuelta, para que no se ahogue. Me quedo con Francisco, que deja la pared con la que se sostiene y coloca su mano sobre mi hombro –Yo vi como ella te miraba, –¿De qué hablas, Francis?, –No… no, no, no. No te hagás la vaca. Yo vi como ella te miraba, –Recostate…, –¡Ni mierda! Estoy bien. Vení, Vení –y me acerca con su otra mano–. Gracias, –¿Por qué, Francis?, –Por no ser un mierda con un amigo. Por eso. Porque no le seguiste el juego a esa pisada –y Francisco me invita a verlo a los ojos–. Yo la amo, pisado –y realiza una gran pausa, me estudia, me escanea con esos ojos cansados y embriagados–. Y la maje es pura lata conmigo. La llevo a comer, la llevo a jugar, la llevo al cine, la llevo a chupar, –Sí, me imagino, Francis, –Y ella sale con alguien más. Con dos más. Con muchos más, –Sí, sí…, –¡Pisada! Y ahí ando, puro mula detrás de ella... Hoy, por ejemplo, hoy le había escrito como a las once que terminaba clases a la una y si quería salir, comer algo, no sé. La maje no me contesta hasta las cinco. Hasta las cinco, maje. Yo ya andaba con Chiltepe y Joel cuando me escribe que “Va, está bueno. Vení por mí”, y va el cerote detrás de ella. Resulta que ella fue a ver a otro cerote por ahí, detrás del Iglú. Yo creo que cogieron o algo. La cosa es que creo que el maje no la quería ir a dejar a su casa y ella armó un gran desvergue, le pegó al carro del cerote, le gritó poco hombre, mierda, micropene. El maje se subió a su carro, tranquilo, lo encendió, bajó el vidrio y le tiró su calzón o tanga, no sé, diciéndole “qué lástima que cogés bien pura mierda. Qué lástima” –y Francisco ríe–. A mí me lo contó otro cuate que andaba por ahí. Eso pasó tipo cuatro o cuatro y media –regresa Marcelo y me dice que es mejor si los llevamos a Las Cañas, para que se sienten, se relajen, se les pase la verguera. Veo detrás de él y Chiltepe se ve mucho más relajado, en paz, como durmiendo–. ¿Podés ir por aquella y Joel? –me pregunta Francisco. Asiento, observo a Marcelo y reconozco que se encuentra bien emputado.

Subo y Janet ya no está. Joel se ha caído de la silla, se encuentra a un lado de la mesa y lucho por despertarlo. Se acerca uno de los del lugar y me dice que mi “amigo” vomitó cerca de las puertas del baño y que son Q25.00 por la limpiada. Joel no despierta, me toca hurgar en sus bolsillos hasta encontrar su billetera. Saco los únicos tres billetes de Q10.00 que tiene y se los doy al hombre del lugar, que dice que no tiene vuelto. Le digo que se los quede, pero que al menos me ayude a bajar a esta gran morsa. Llama a dos empleados más y con gran esfuerzo logramos dejar a Joel a un lado de la puerta de entrada. Chiltepe yace temblando en el suelo y Francisco embriagadamente danza con gotas de sangre que caen en su camisa.

En algún momento Marcelo va por el carro. Pactamos de encontrarnos en la salida. No nos dejan entrar a Cañas porque resulta que “estamos” muy ebrios. Me enojo, porque no es como si fuéramos a pedir trabajo a Cañas o que el lugar no fuera un chupadero. Somos cuatro chicos miserables en la puerta de Liverpool, observando las siluetas que zigzaguean, los pequeños puntos de fuego que circulan, que se intensifican, que caen y mueren en los charcos o que son pisoteados. El humo que se eleva, las luces de los autos que pasan. Siento el brazo de Francisco que me rodea por encima de los hombros –¿Dónde está ella? –de los cuatro, aun con Chiltepe embarrado de vómito y sangre, y Joel que inconsciente no deja de sudar por encima de la boca, siento que Francisco es el más miserable. –No está, Francis. Se fue –y Francisco ríe ya sin aliento, como caricatura clásica, como zorro de comercial. Me abraza más fuerte. –No, maje, Janet no. Ella siempre se va, –Entonces quién, maje, –Aquella… la que te gustaba en el colegio, –¿Cómo?, –Vos sabés. No te hagás la vaca. Aquella…, –Pues… no sé, Francis. Hace mucho que no sé de ella, –¿Aún te gusta?, –No sé, ¿no te digo que no sé de ella? Hace mucho que ni la miro, –¿Por qué?, –No sé, no se dio. O simplemente se dio el no vernos, –Llamala, –Ni mierda, no quiero, –Pajas, –Sin pajas, –¿Y hay alguien más?, –¿Si salgo con alguien más?, –Me importa una mierda si salís con alguien más. Yo lo que quiero saber es si hay alguien más, –No, Francis. No hay alguien más, –¿Sos religioso como Danielito, va? Casto pisado, –No, –¿Entonces sos hueco no declarado como Simón, Javier o Gerardo?, –No, Francis, –¿O declarado como Sapo…?, Maje, ya sho, estás ebrio y me estás cansando, –Sos hueco declarado como Sapo, pero nadie te coge, –No, imbécil. Sho, solo hacé shoFrancis baja la voz, absorto en las figuras que conforman la calle. Golpea con su palma el suelo y me pregunta. –Entonces, ahora, ¿qué te da calor, perro? –observo a Francisco a los ojos, tengo la certeza de que me habla en serio y me dice–. ¿Qué te mantiene vivo cuando todo pinta como una mierda, maldito? ¿Ah? ¿Ni mierda? ¿Nadie? Dejá de verme como estúpido y decime. Cuando todo, total y plenamente todo se va a la verga, ¿qué evita que te matés en ese momento? –está enojado, tensa la mandíbula, su boca tiembla, su ceja palpita. –No… no lo sé… –le digo y me asusto. Francisco quiere una respuesta que no conozco, pero que tal vez tengo. –¿Has amado, maje?, –No lo sé… no lo creo, –¿Cómo no lo sabés, puta vida? ¿Cómo no sabés si has amado?, –Es que no creo que fuera amor, –Yo te recuerdo y estabas muy enamorado, –Enamorado y amar es distinto, –Estupideces, lo sabés, –No lo creo, Francis, –Yo creo que sos un idiota que evita confrontar algo…

Observo la calle bajo el fuerte dembow que sale de las puertas de los bares, pero entre ambos nos envuelve un significativo silencio.

Recibo una llamada de Marcelo, seguramente ya está cerca de la salida. –Francis, Marcelo me llama. Si querés puedo quedarme un rato más y le digo que…, –No, dale fresh. Diez minutos más, me levanto y me llevo a aquellos. No es la primera vez que nos quedamos tirados. Hoy en comparación con otras noches nos fue de ahuevo, –¿Seguro? Porque…, –Volá a la mierda, serote. Fresh, dale fresh. Buena onda, pero ya, dale, andate con aquel –no digo más. Me levanto y camino. Francisco me silva y lo observo. Me dice–. Maje, al menos yo lo intento. Sé que lo intento.

Asiento y empiezo a andar con dirección a la calle principal que conecta con el Periférico. Volteo nuevamente y veo a Francisco que bromea y busca despertar a sus dos amigos. Tan solo ríe. Encuentro a Marcelo que compra cigarros sin salir del auto. Abro la puerta y antes de entrar dirijo la mirada a la calle. Veo a Janet a lo lejos hablando con un tipo alto y delgado. La besa, la toma del trasero, le abre la puerta del auto y entran. Marcelo me ve y me pregunta qué pasa. Entro al carro, cierro la puerta y le digo –Seguramente sí somos como ventanas.

2,017

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